miércoles, 28 de mayo de 2008

Encuentro con Julián.




asdEn los primeros días de abril, cuatro meses y medio después de casada, me encontré por primera vez con J., en Roma. Llegaba allí en misión diplomática (aunque no era su carrera). Yo no sabía nada de él, fuera de su comentada historia con..., llamémosla Y. Los bien pensantes hablaban de él con severidad, lo trataban de libertino. El horror a toda injusticia cometida con una mujer no me predisponía en favor de esa persona..., fuese como hubiese sido su conducta. Quiero decir que la mujer es la que eternamente lleva la peor parte en estos asuntos. Por otro lado, las críticas convencionales de una moral convencional que había oído por casualidad (era chica cuando esto sucedió) no resultaban convincentes. Sin embargo, una mujer había sido apartada de la sociedad (sociedad muy despreciable ya que era esa su reacción) por culpa de él. ¿Hasta qué punto "culpa"? A priori, todos los varones representaban la mala causa, a mis ojos. Cierto es que la actitud de las hembras no solía ser recomendable: lo reconocía. Pero esto no era en mi criterio una excusa suficiente.


asdAntes de saber que era J., éste me atrajo como jamás me había atraído nadie. Me ruboricé cuando M. (su primo) me lo presentó. Tal fue mi fastidio al notarlo que le hablé secamente. No me atrajo porque era J. sino a pesar de ser J. En el momento en que lo vi, de lejos, su presencia me invadió. Él me echo una mirada burlona y tierna (más tarde descubrí que sus ojos solían tener esa expresión). Miré esa mirada y esa mirada miraba mi boca, como si mi boca fuese mis ojos. Mi boca, presa de esa mirada, se puso a temblar. No podía desviarla como hubiese desviado mi mirada. Duró un siglo: un segundo. Nos dimos la mano. Era mucho más alto que yo, y delgado sin flacura. La arquitectura de la cara (los huesos) era de una sorprendente belleza que no he vuelto a encontrar hasta conocer a Virginia Woolf. La nariz aguileña, la frente alta, los ojos de un pardo verdoso, el pelo negro, la piel mate, y la boca, en medio de ese rostro ascético, de una imprevista y sensual ternura. Boca grande y delicada, sensible sin blandura, firmemente delicada. Los dientes muy blancos revelaban en un fumador (vi que fumaba) especial cuidado. ¿La edad? Representaba menos de los treinta y seis años que calculé (por lo que sabía). Sólo nos saludamos, esa noche, entre mucha gente. Pero ya lo miré como si temiera no volverlo a ver. Fijándome en todo. Este temor de no volver a ver a J. me ha perseguido desde el primer momento. Y el día que, al abrir "La Nación", supe que había muerto, comprendí. Todo se había cumplido como en mis pesadillas, al pie de la letra.


asdAquella noche (primeros días de abril) subí a mi cuarto y me miré largamente la boca, para tratar de adivinar qué era lo que había atraído su atención.


asdA M. no le gustaba J. La antipatía era recíproca, lo supe después. Además, J. nunca se preocupó de averiguar cómo era realmente M. hasta que empezó a preguntarse: "¿Por qué se habrá casado con él esta muchacha?".


asdEn cuanto a mí, comprobé, inmediatamente, el efecto insólito de la presencia de J. sobre mi persona. Si entraba al comedor del Grand Hotel, casi antes de verlo lo adivinaba. Convertirme en limalla de hierro que obedece a un imán me pareció intolerable y delicioso. Pensé, desdeñosa, que se trataba de un vulgar "camote" físico. Camote que desaparecería tan súbitamente como se había presentado. No le daba derecho de ciudadanía. Pero con mi consentimiento o sin él, empezaba a dolerme J. Sufría su ausencia (ya ausencia) de manera desmedida y absurda. Apenás habíamos cambiado unas pocas palabras.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

diva, unica, no me alcanzan los objetivos para describirla.